Argentina, política y fútbol

La mezcla argentina de política y fútbol.


En los recientes días Mauricio Macri ha ganado la presidencia en Argentina desde la derecha en elecciones libres. Sin duda un hecho histórico para una nación que puso fin a una era de 12 años de los Kirchner. La peculiaridad del nuevo mandatario es que dio el salto a la política después de ser presidente de Boca Juniors, el equipo con más hinchas del territorio. Con esto se da otro ejemplo más de como el fútbol se disuelve dentro del gobierno del país sudamericano, ya sea para bien o para mal. Lo que nos trae el recuerdo de lo ocurrido en el Campeonato Mundial disputado en estos suelos.

Argentina 1978, el mundial de fútbol donde al mismo tiempo en que se gritaban goles con alarido, se clamaba justicia ante los lamentables crímenes del gobierno. La dictadura militar que utilizó el gusto por la pelota para ahogar el reclamo de todos los afectados por el terrorismo de estado. El momento en el que los pibes obtuvieron su primera Copa del Mundo, trofeo manchado por la corrupción, sangre de inocentes, y la maquinaria propagandística de un despreciable Jorge Rafael Videla.

Y es que el fanatismo por el balompié es el mecanismo político adecuado para sosegar a una sociedad. En este caso el pueblo argentino, el cual se encontraba en plena transición tras un golpe de estado en 1976, y al que se le estaba imponiendo un nuevo régimen con reformas económicas, políticas y sociales. Ante este panorama del conocido “procesos de reorganización nacional”, el ambiente en el país era de miedo, represión y censura, por lo cual era necesario un amortiguador mediático para que el grueso de la población se mantuviera conforme.

Fue así como una vez más, el fútbol es una vil herramienta para los intereses de personas que no aman el deporte, que solamente desean aprovechar la pasión de las masas. Además Argentina era un territorio idóneo para estos maquiavélicos planes. ¿Por qué? Porque los boludos comenzaban a creerse los reyes de la bocha, pero todavía no tenían ningún reconocimiento que los ostentara como tal. La coyuntura era perfecta: nación pobre pero amante del soccer, con gobierno totalitario en busca de credibilidad.

Y es que el problema no es el encanto por el fútbol, es la enajenación que provoca especialmente en países de tercer mundo como el mencionado. Por ejemplo, se me hace increíble lo que se cuenta en el documental “Argentina 78, La historia paralela”, en el cual un mujer describe como en su casa se celebraban los goles de la final ante Holanda, mientras ella y su esposo lloraban de rabia tras no encontrar a su hija desaparecida por los militares. Pero este tipo de escenas eran las que se vieron con frecuencia durante la realización del Mundial.

Cosas como estas me hacen pensar si de verdad el fútbol es el deporte más bonito del mundo, si es inocente de las atrocidades que se hacen tras la cortina de un juego, si es ajeno a las causas sociales. Cesar Luis Menotti, técnico de la selección argentina campeona de ese torneo, era de una postura de izquierda, incluso afín al Partido Comunista. Entonces si bien declara “El Flaco” que algunas ocasiones estuvo ante personajes del poder con los que no compartía su ideología pero que mantuvo prudencia, por qué no mejor aprovechar su estatus para ser voz del pueblo y contestatario del sistema.

¿Por qué los jugadores declaran que en ese momento no tenía presentes la situación del país y sólo se ocupaban de los partidos? Parece hasta antiético que futbolistas salgan a decir esto, cuando en aquellos días había miles de desaparecidos, secuestrados, torturados y por si fuera poco, bebés robados. Muchos podrán abogar por el deportista, de que ellos están cumpliendo un oficio como cualquier otro, sin embargo son figuras públicas, tienen un peso en la sociedad y deben hacerlo valer en favor del bien común. De menos ser conscientes que eran usados como fichas de ajedrez en una de las peores épocas de la Argentina.

Alguna vez Didier Drogba, ex jugador del Chelsea, detuvo una guerra civil en su natal Costa de Marfil. Aprovechando su mote de ídolo y la euforia por haber metido a su selección por primera vez a un Mundial. Así que decidió dar un discurso para que rebeldes y autoridades frenaran el fuego. Luego organizó partidos en la zona más peligrosa del conflicto y terminó por juntar al líder opositor con el presidente en turno, lo cual por fin trajo algo de paz tras cinco años de sufrimiento.


Si un solo futbolista logró usar al fútbol como estandarte para que su país saliera adelante, ahora un empresario que le dio 17 títulos a los 'xeneizes' como directivo, tiene el reto de impulsar hacia el primer mundo a la Argentina, pero esta vez sin que el balón se manche. 

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